jueves, noviembre 04, 2004

Puestos de flores en la calle Palestina (ex Rawson)

La realidad se parece a la resignación.
El invierno pasó.
Autobuses de vidrios empañados,
señoras que los perseguían
cerrando sus sombrillas.
En el balcón, bajo el rigor del frío,
las flores moribundas
nada pedían que no tuvieran.

Es hora de la contabilidad.
Activos a la izquierda,
pasivos a la derecha.
En el mismo cuaderno
donde se mezclan teléfonos,
direcciones y notas breves
bajo fechas tipo 05/05/04.

No llegó la música esperada.
La voz, débil siquiera, que relatara
la ruta sinuosa de un año
en un segundo piso,
a la intemperie.

Despertar tantas veces
como se durmió,
comer con los horarios,
el método de callar.

Un balance neutro
antes de que termine el año.
Es su época, las plantas florecen
con alegría monstruosa.
Nada inteligente
no fue dicho ya en todas las canciones.

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martes, octubre 05, 2004

Falso documental

(a partir de “esta es la nueva canción de la que te hablé hace 20 años”, de BDB)

En la tele pasan un caballo que habla nuestro idioma. En la radio a un hombre que habla el idioma de los caballos. Lo cierto sucede en otra parte. El sol está quieto en un cielo sin nubes. Al balcón llegan pájaros a comer las migas de pan que tiré horas antes para que vinieran a alegrarme la mañana. Se acercan primero con timidez, picotean el suelo, me miran de costado, luego vuelan a otro balcón. No podría ser una parábola más pobre, pero me hacen pensar en algo que nada tiene que ver con la alegría.

El polvo avanza en el comedor como una enfermedad o una bendición, dependiendo de quien lo mire. Si sé que ese fenómeno lo explica la física, ¿por qué la sospecha de una fuerza sobrenatural? El día no ofrece más opción que un paneo lento sobre estos últimos años. Ahí están los restos y desechos que dejó la marea de una época convulsa. Unos sobre otros, confundidos los inicios con los desenlaces, los intentos de reanudación con los fracasos. De pronto, el viento cambia de dirección y abajo, en la calle, un conductor reacciona a la luz verde del semáforo. Y aunque estoy consciente de ser discípulo del error, lo interpreto como una señal, como si el universo girara en torno a mí.

Repito mentalmente la letra de una canción que aprendí mal. Es probable que recuerde cosas que no dice. Solemos pensar que una canción es buena si habla de nosotros. Debe ser que todas las vidas se parecen. Si es así, ¿qué será de esa niña, allá en la otra acera, que no sabe si comer el helado que se le derrite o si acariciar al perro que salta a su lado moviendo la cola?

Antes de darlo por finalizado apenas en setiembre, creí que el 2004 sería un buen año. Ahora la casa es una bolsa con ropa sucia en mitad de la sala, dos o tres novelas abandonadas antes del final, los boletos de un viaje en ferry, un mensaje en el contestador donde aquella voz pregunta por los planes de un viernes ya lejano. Es así, todo período se puede reducir a una simple enumeración.

Quería explicarte otra cosa, pero la voluntad es engañosa como los espejos de los gimnasios. Y sin embargo, quizás está bien quedarse en el balcón, sin pájaros, observar desde arriba lo que dentro de unas horas me superará. Está bien seguir con la vista la ruta de la equivocación. En algún lugar están las personas que fuimos, un espacio donde la prueba y el error se repiten una y otra vez, con una canción de fondo que dice lo que queremos escuchar.

Pero el lugar que importa es éste. Las hojas de los árboles se mecen con el viento norte y con el humo del progreso. Sostenida por un imán, en la puerta del refrigerador, está la foto que tomaste la noche en que un ciclo terminaba mucho antes de que lo supiéramos.

Esto lo escribo una mañana luminosa. Entre los edificios de enfrente, cerca de la avenida Córdoba, pasa un avión. Cruza el cielo en silencio, en cámara lenta, como impulsado por el motor del recuerdo. La vida de afuera parece fluir con calma y naturalidad. Quiero que la vida de adentro también.

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lunes, septiembre 27, 2004

un inicio

Poco queda
de lo que nunca fue
cine under.
En la sala semivacía,
el ruido de envolturas plásticas
de los confites del 77.

Pensá en esa camisa remendada
con botones de saco,
el hilo cosido en cruz,
y en la mirada rara del niño
que posa para la foto.

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viernes, septiembre 10, 2004

viernes, agosto 20, 2004

pollos sin cabeza

algunos textos van quedando por ahí, desorientados, sin compañía. este parece ser un buen lugar para reunirlos. parece.

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"Días de temporal"

La humedad sugiere
que será inútil
cualquier esfuerzo de reanudación.

Clima perfecto
para el ejercicio
de pensamientos abstractos,
para el regocijo intelectual.

Pero no,
no toda agua purifica,
no toda cabeza flota.

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cine sordo

El alivio de quien,
rumbo a su casa,
conduce a mil por diez cuadras
detrás de la ambulancia
para finalmente
verla estacionarse
en la casa del vecino.

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sdtk

nubes, lluvia, frío. una semana digna de banda sonora de aimee mann.

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viernes, agosto 06, 2004

para recordar

Bush: "Nuestros enemigos son innovadores y tienen recursos. Nosotros también. No paran de pensar en cómo hacer daño a nuestro país y a nuestra gente. Nosotros tampoco."

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martes, julio 27, 2004

jueves, julio 22, 2004

objetivo 2

 
Otro objetivo para lo que queda del año: poder explicar por qué el 2x4 de Cuco Valoy es lo mismo que el ABC de la literatura de Pound.

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jueves, julio 15, 2004

la mirada en contra

(seis textos autónomos acerca de mirarnos a nosotros mismos
desde vehículos en movimiento)


1.

Estabas adentro y no vi dónde te sentaste. Pasado de kilos, semi calvo y con una media luna de sudor bajo los brazos, me quedé en la acera. Allí, de pie, entre primitivos e indocumentados, víctima del vaporizador de pejibayes. Si no hubiera cargado tu maleta de libros, tu pesada y ridícula colección de filosofía oriental, vos, la más occidental de las putas. Si no me hubiera volteado para ubicar al niño de los gritos que terminaban de imprimir una atmósfera grotesca a la situación, si hubiera seguido tu avance dentro del bus. Pero no, ahí estaba cuando, supongo, te sentabas; ahí cuando arrancó y empezó a moverse con entrecortadas emisiones de monóxido de carbono: allí, despidiéndome de toda la ventana lateral del Ticabús; diciendo adiós, qué significativo, a mi reflejo repetido en cada ventanilla.

2.

Era una angosta calle de grava bordeada a un lado por el muro de la fábrica de maniquíes. Salía todas las tardes a las 4, el pelo mojado, la ropa de ayer, a fumar algo en aquellos mosaicos que alguna vez fueron el piso de una cocina. Nada de lo que allí hacía o hablaba importa ahora, como debe ser. Ese verano pasó igual que postes mirados desde la ventana de un autobús frenético rumbo al Pacífico. No nos conocíamos, o dicho de otro modo: una parte de mí me era aún desconocida. El atardecer con su tono impreciso de billete viejo, las nubes con forma de nubes. El muro de la fábrica arrojaba una sombra que dividía la calle en dos. Y yo caminaba por el lado de la luz, como si lo hiciera por el de la sombra.

3.

Atrás y adelante, el asfalto. A los costados, los precarios y la propiedad privada. La cabeza que rebota en la ventana y el reflejo de uno mismo en el accidentado camino hacia el sueño. Como en aquel juego de niños en que se presenta una disyuntiva con soluciones igualmente trágicas, no sé cuál sería peor: volver a la época en que pensar en vos era pensar en mí, o regresar al tiempo en que pensar en mí era pensar en vos.

4.

La Periférica, vacía hacia el norte. Repleta hacia el sur. Hasta tu casa, crucé la ciudad treinta más doce noches del verano. Parece que fue una sola. Y que duró lo que tarda un satélite en dibujar el arco ficticio del cielo. Fui y volví, pues. De ida, mi sombra a la espalda. De vuelta, también.

5.

No es que el bus avanzara, sino que los demás vehículos se movían marcha atrás. Apenas volviendo del sueño, me tomó un par de minutos caer en cuenta de la situación. El autobús como una excesiva y torpe criatura, detenida en la carretera, sin posibilidad de regresar. Allí, varado en un presente caluroso y perpetuo, el interior del vehículo convertido en una sala de espera a punto de forzar la comunicación entre desconocidos. “Ponete cómoda, que esto va para rato”, te dije –imbécilmente, porque vos estabas a tres mil kilómetros de distancia, unos cuantos países al sur–.

6.

Por la ventanilla pasaban, intermitentes, ajenas, las casas de madera, los cultivos bañados por la mecánica del agua, perros que, acalorados, desistían de lamerse, las nubes de polvo como ráfagas del pasado. El sol, en su retirada, empezaba a perdonarnos; yo me movía en dirección contraria al lugar donde estabas. Y todo lo que vi, quise que lo vieras.

domingo, julio 11, 2004

martes, julio 06, 2004

de isidore ducasse, el conde

Le gémissements poétiques de ce siècle no sont que des sophismes.

(Los lamentos poéticos de este siglo no son más que sofismas.)

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Si vous êtes malheureux, il ne faut pas le dire au lecteur. Gardez cela pour vous.

(Si son desdichados, no hace falta decírselo al lector. Guárdenselo.)

martes, junio 29, 2004

no se habita

No se habita en un lugar solemne por su tradición histórica, o respetable por su condición primermundista. No hay patria, hay clases de patrias: patrias adoptivas, patrias accidentales, patrias en medio de la nada. Y los que se crean ciudadanos
de algo, los que se crean neoyorquinos, lo son apenas, tan apenas como ser maricas, indios, madres. La respetabilidad no existe, sólo es una respuesta a los aparatos del prestigio. El poeta no tiene abolengo, es incorregible y le gusta bailar la salsa.

(de Helena Corbellini, Uruguay)

lunes, junio 28, 2004

céline

Entrevistadores: ¿Ella -su madre- leyó sus libros?

Céline: Oh, no podía, no estaba a su alcance. Hubiera considerado que todo era grosero, y además ella no leía libros, no era la calse de mujer que lee. No tenía absolutamente nada de vanidad. Siguió trabajando hasta su muerte. Yo estaba en prisión. Me enteré de que había muerto. No, estaba llegando a Copenhague cuando me enteré de su muerte. Un viaje terrible, vil, sí...perfectametne orquestado. Abominable. Pero las cosas solamente son abominables de un lado, no olvidarlo, ¿eh? Y, sabe...la experiencia es una tenue lámpara que sólo ilumina al que la sostiene...y es incomunicable...Tengo que guardarme eso para mí. Para mí, uno sólo tenía derecho a morir cuando tenía una buena hisotria que contar. Entrar contar la historia y desaparecer. Eso es lo que es, simbólicamente, Muerte a crédito, le recompensa de la vida es la muerte. Viéndola...no es el buen Señor quien la gobierna, es el diablo. El hombre. La naturaleza es asqueante, sólo mírela, la vida de los pájaros, la de los animales.

(tomado de los reportajes de The Paris Review, trad. Mirta Rosemberg)

jueves, junio 24, 2004

la revi que codirijo

los amigos de lo ajeno

advertencia: en el sitio están las revsitas hasta el número 9, ahí quedó congelada la actualización desde hace más de dos años. no tenemos plata, no tenemos tiempo, no tenemos amigos.

en la impresas vamos por el 11.

La bachata incendiaria de Homero Pumarol



Sus poemas llegaron vía correo postal a la redacción de la revista miniatura que codirijo. La redacción es mi cuarto pero con la cama tendida. De entrada sus textos largos, donde los poetas cantantes “vienen por el Malecón desnudos”, “seguidos de los Reyes Magos, Los Ninjas y El Gran Dragón del Espacio”, “haciendo catas de kung-fu a medio día por la calle”, dando “patá y trompá”, me recordaron a Washington Cucurto, el dominicano apócrifo. Ambos carnavaleros, sí. Pero éste un Cucurto iniciado en los hongos. Me enganchó el desenfado que no cae en la indiferencia estoica (que viene a ser un lirismo sensiblero pero al revés) de los poetas duros de moda en el ínfimo continente de la poesía.

Empecemos de nuevo. Sus poemas llegaron vía correo electrónico a la redacción de la revista miniatura que codirijo. La redacción es mi cuarto cuando estoy bañado y con ropa limpia. Ya desde el primero que leí supe que lo incluiríamos en el siguiente número. Llamé a los amigos interesados en la poesía. Cuatro. Bueno, llamé a los que viven en Costa Rica, al otro le envié un mail. Les comenté un poco y cité esa frase genial con que termina el poema Daydreaming: “Voy camino a Cabo Engaño / Y lo que quiero es dinero”. Tres guardaron silencio. Uno respondió algo tipo la-poesía-no-es-soplar-y-hacer-botellas.

Poco se concluye de lo anterior. O por lo menos nada relevante. Supongo que algo se cumple si uno lee, en piyamas y en el cuarto que luego se convertirá en la oficina de redacción de una revista bonsái, los poemas de otro que dejó su ciudad por una con metro. ¿Eso me autoriza a proponer los poemas de Homero Pumarol para esta sección? Ensayemos otro descargo: No es para detenerse en el nombre que de no ser falso, parece. Nombre con la cadencia de sus poemas largos que nada le deben envidiar al ritmo de quién él mismo llama “Nuestro Señor Altísimo, Su Majestad Héctor Lavoe”. De los más breves rescato la construcción sincopada, de taquicardia que, considero, provoca y le sostiene la mirada al lector. Quizás la poesía no es soplar y hacer botellas, pero Homero hace de las suyas bombas molotov. En conjunto, su poesía da la impresión de una bachata incendiaria, una comparsa asesina que se abre paso en el metro cargada de humor (no de chistes) y agua para la fiesta de los winners. Los dejo con Homero y que su poesía se abra lugar como él mejor sabe: a “patá y trompá”.


“Daydreaming”

Soñar no cuesta nada.
Desde que vivo aquí
No hago otra cosa.

Sueño que un día seré
Recaudador de impuestos de aduana
O un guitarrero matahambre.

Que vendo chicharrón en una esquina
En bata, rolos y plantilla de media,
Espantando las moscas con un palito,

Que fumo tabaco negro sin filtro
Y que deseo la muerte de todos los españoles,
Los palomitos, los parqueadores de carros.

En fin, voy camino de Cabo Engaño
Y lo que quiero es dinero.

**
“Este poema”

De vez en cuando vuelvo a leer este poema.
Me gusta, es corto y fácil de olvidar.
No tiene asunto, anda rápido, no tiene tiempo.
Uno llega al final buscando otra cosa.

**



“Capricornio”

Nací sin suerte, donde quiera que voy
Parezco llevar conmigo el desastre.
Orita estuvo al revés -me grita mi mujer-
La cerveza está caliente y los chiles fríos.

Pero tenemos cosas lindas
a las que hay que echarle aceite
Como ese carro. Va a ser un clásico.

¿Qué canciones,
Qué camisas,
Qué flores tenemos?

En el jardín pusimos fertilizante
Y se nos cae el pelo.

¿Ustedes creen que yo estoy loco
O que los locos somos pendejos?

Al oír que algo se rompe
Es como que me salvé.

**

“Ilusiones con Bélgica Suárez”

Osteoporosis,
Dolores en la artritis,
Un programa conducido
Por la hermana más fea de la casa.
¿le cuesta mucho trabajo respirar?
Condones en ayuna,
Una receta de vegetales porcinos
Para mantener las cortinas sanas.

**


“Manners”

Qué fuertes son los desconocidos
Qué fuertes.
Adivinan los números del carro que pasa,
Leen signos y letreros al revés,
Open your bottle, close your eyes, dream up!

Siguen el rastro de los muertos
Y se van para los arrecifes
Donde no llegan las horas.

Te miran como una pistola recién engrasada
Y se te meten en los hombros sin tocarte.

Qué fuertes son los desconocidos
Qué fuertes.
Yo lo manejo como un caballero inglés.

el monstruo de las galletas (de Homero Pumarol)

tomen pa' que lleven este texto del dominicano más subestimado del planeta

El monstruo de las galletas

El que no baila no come bizcocho
esas son las normas de la conversación en Santo Domingo.

Pero si estamos en Cabarete
Y yo ando con mi amigo
Que suda romo de coco
Y tiene una guayabera
Que le hace los trucos
A tu maldita madre.

Mi amigo, que le dicen Merengue King
Porque tiene diez días sin trabajar
Y le pregunta a todo el que sale a la calle
“y si tú no trabajas ¿qué tu busca en la calle?”

Porque tiene veinte días sin trabajar
Y camina por la playa seguido de toda Europa
Traduciendo los códices, los manuscritos,
Las tradiciones y creencias de la antigua orden
De los Sanqui Panquis.

¿Para qué yo voy a bailar
Si yo sé que tengo el tumbao?
¿para qué yo voy a bailar
si lo que yo quiero es galleta?

Y me gusta la morena
Me gusta la morena.

banda ancha

Banda ancha = toda la noche bajando mp3 de Juan Gabriel. Sobre el escenario, Juan Ga es a la balada cursi en español lo que Freddy Mercury a esa veta del rock que otros llevaron (a mucha honra) hasta el pop.