jueves, julio 15, 2004

la mirada en contra

(seis textos autónomos acerca de mirarnos a nosotros mismos
desde vehículos en movimiento)


1.

Estabas adentro y no vi dónde te sentaste. Pasado de kilos, semi calvo y con una media luna de sudor bajo los brazos, me quedé en la acera. Allí, de pie, entre primitivos e indocumentados, víctima del vaporizador de pejibayes. Si no hubiera cargado tu maleta de libros, tu pesada y ridícula colección de filosofía oriental, vos, la más occidental de las putas. Si no me hubiera volteado para ubicar al niño de los gritos que terminaban de imprimir una atmósfera grotesca a la situación, si hubiera seguido tu avance dentro del bus. Pero no, ahí estaba cuando, supongo, te sentabas; ahí cuando arrancó y empezó a moverse con entrecortadas emisiones de monóxido de carbono: allí, despidiéndome de toda la ventana lateral del Ticabús; diciendo adiós, qué significativo, a mi reflejo repetido en cada ventanilla.

2.

Era una angosta calle de grava bordeada a un lado por el muro de la fábrica de maniquíes. Salía todas las tardes a las 4, el pelo mojado, la ropa de ayer, a fumar algo en aquellos mosaicos que alguna vez fueron el piso de una cocina. Nada de lo que allí hacía o hablaba importa ahora, como debe ser. Ese verano pasó igual que postes mirados desde la ventana de un autobús frenético rumbo al Pacífico. No nos conocíamos, o dicho de otro modo: una parte de mí me era aún desconocida. El atardecer con su tono impreciso de billete viejo, las nubes con forma de nubes. El muro de la fábrica arrojaba una sombra que dividía la calle en dos. Y yo caminaba por el lado de la luz, como si lo hiciera por el de la sombra.

3.

Atrás y adelante, el asfalto. A los costados, los precarios y la propiedad privada. La cabeza que rebota en la ventana y el reflejo de uno mismo en el accidentado camino hacia el sueño. Como en aquel juego de niños en que se presenta una disyuntiva con soluciones igualmente trágicas, no sé cuál sería peor: volver a la época en que pensar en vos era pensar en mí, o regresar al tiempo en que pensar en mí era pensar en vos.

4.

La Periférica, vacía hacia el norte. Repleta hacia el sur. Hasta tu casa, crucé la ciudad treinta más doce noches del verano. Parece que fue una sola. Y que duró lo que tarda un satélite en dibujar el arco ficticio del cielo. Fui y volví, pues. De ida, mi sombra a la espalda. De vuelta, también.

5.

No es que el bus avanzara, sino que los demás vehículos se movían marcha atrás. Apenas volviendo del sueño, me tomó un par de minutos caer en cuenta de la situación. El autobús como una excesiva y torpe criatura, detenida en la carretera, sin posibilidad de regresar. Allí, varado en un presente caluroso y perpetuo, el interior del vehículo convertido en una sala de espera a punto de forzar la comunicación entre desconocidos. “Ponete cómoda, que esto va para rato”, te dije –imbécilmente, porque vos estabas a tres mil kilómetros de distancia, unos cuantos países al sur–.

6.

Por la ventanilla pasaban, intermitentes, ajenas, las casas de madera, los cultivos bañados por la mecánica del agua, perros que, acalorados, desistían de lamerse, las nubes de polvo como ráfagas del pasado. El sol, en su retirada, empezaba a perdonarnos; yo me movía en dirección contraria al lugar donde estabas. Y todo lo que vi, quise que lo vieras.

2 comentarios:

Guasuncho dijo...

mae... genial.
usted patea.

tetrabrik dijo...

thanxs again!