martes, octubre 05, 2004

Falso documental

(a partir de “esta es la nueva canción de la que te hablé hace 20 años”, de BDB)

En la tele pasan un caballo que habla nuestro idioma. En la radio a un hombre que habla el idioma de los caballos. Lo cierto sucede en otra parte. El sol está quieto en un cielo sin nubes. Al balcón llegan pájaros a comer las migas de pan que tiré horas antes para que vinieran a alegrarme la mañana. Se acercan primero con timidez, picotean el suelo, me miran de costado, luego vuelan a otro balcón. No podría ser una parábola más pobre, pero me hacen pensar en algo que nada tiene que ver con la alegría.

El polvo avanza en el comedor como una enfermedad o una bendición, dependiendo de quien lo mire. Si sé que ese fenómeno lo explica la física, ¿por qué la sospecha de una fuerza sobrenatural? El día no ofrece más opción que un paneo lento sobre estos últimos años. Ahí están los restos y desechos que dejó la marea de una época convulsa. Unos sobre otros, confundidos los inicios con los desenlaces, los intentos de reanudación con los fracasos. De pronto, el viento cambia de dirección y abajo, en la calle, un conductor reacciona a la luz verde del semáforo. Y aunque estoy consciente de ser discípulo del error, lo interpreto como una señal, como si el universo girara en torno a mí.

Repito mentalmente la letra de una canción que aprendí mal. Es probable que recuerde cosas que no dice. Solemos pensar que una canción es buena si habla de nosotros. Debe ser que todas las vidas se parecen. Si es así, ¿qué será de esa niña, allá en la otra acera, que no sabe si comer el helado que se le derrite o si acariciar al perro que salta a su lado moviendo la cola?

Antes de darlo por finalizado apenas en setiembre, creí que el 2004 sería un buen año. Ahora la casa es una bolsa con ropa sucia en mitad de la sala, dos o tres novelas abandonadas antes del final, los boletos de un viaje en ferry, un mensaje en el contestador donde aquella voz pregunta por los planes de un viernes ya lejano. Es así, todo período se puede reducir a una simple enumeración.

Quería explicarte otra cosa, pero la voluntad es engañosa como los espejos de los gimnasios. Y sin embargo, quizás está bien quedarse en el balcón, sin pájaros, observar desde arriba lo que dentro de unas horas me superará. Está bien seguir con la vista la ruta de la equivocación. En algún lugar están las personas que fuimos, un espacio donde la prueba y el error se repiten una y otra vez, con una canción de fondo que dice lo que queremos escuchar.

Pero el lugar que importa es éste. Las hojas de los árboles se mecen con el viento norte y con el humo del progreso. Sostenida por un imán, en la puerta del refrigerador, está la foto que tomaste la noche en que un ciclo terminaba mucho antes de que lo supiéramos.

Esto lo escribo una mañana luminosa. Entre los edificios de enfrente, cerca de la avenida Córdoba, pasa un avión. Cruza el cielo en silencio, en cámara lenta, como impulsado por el motor del recuerdo. La vida de afuera parece fluir con calma y naturalidad. Quiero que la vida de adentro también.

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