Me pica el grano de la rodilla. Lo rasco primero con cuidado de no arrancarlo. Poco a poco, ya preso de un impulso incontrolable, lo rasco y trato de levantar sus bordes con lo que queda de unas uñas que durante el día fui recortando con los dientes. Tengo 7 años y, para este momento, una herida otra vez sangrante que dejará cicatriz permanente. Es el final de una tarde de vacaciones, la contabilidad del día es inusualmente neutra: mamá salió para el trabajo después de haber llorado otra vez, pero anoté dos goles (uno de taquito) en la mejenga sagrada de las tardes con los amigos del barrio, partido que terminó cuando Milton -requerido por su madre- se llevó la bola.
Todavía ni lo sospecho pero este día quedará grabado en mi memoria y volverá cada tanto como la noche que, 30 años en el futuro, me voy a sentar a contarla. Se acaba la tarde y, ya solo, camino por las calles de ese barrio clase media hasta llegar a la principal: la carretera que conecta a Barva con el centro de Heredia. Me siento el borde de un lote baldío a ver pasar los carros y regresar al inicio de este relato, a rascarme el grano de la herida con una cautela gradualmente sustituida por una pulsión extraña hacia el dolor. Estoy ahí cuando todos los vecinos regresaron a sus casas porque evito volver a la mía, pero eso lo digo ahora que elaboro un argumento imposible para mi cerebro de 7 años. Hago sangrar mi rodilla, arranco mala hierbas que llevo a mi boca, escojo piedritas que ordeno en filas simétricas, veo carros pasar con una mirada que, sin motivación consciente, no es mía sino que pertenece a la especie que hace millones de años se paró sobre sus pies.
Entonces sucede. Una biología de 7 años, semianalfabeta aún, ve pasar la breve caravana del circo Miller. Acaso tres vehículos desvencijados, con el logo pobre del circo en los costados, un altoparlante que anuncia sus funciones del fin de semana en aquel pueblito insignificante y, en el último camión, dos elefantes viejos y flacos como pasas exageradas. No hay nadie más, estoy ahí sentado dejando al tiempo hacer lo suyo, 7 años de habitar el planeta y veo elefantes en vivo por primera vez.
Me rasco una vez más, escupo de lado, como siempre, tratando -sin lograrlo- de hacer blanco en la fila de piedritas, me levanto y enrumbo hacia la casa. Cruzo el portón y siento el olor del puré de papas, mi preferido, que me anuncia que llegó mamá. Saludo sin contacto físico, porque no conozco otra manera. Me siento en silencio a la mesa y la veo cocinar y secarse los ojos cada tanto con el limpión. “Ma –digo- llegó el circo Miller a Barva, ¿me lleva el sábado?” “Dejate de babosadas” contesta, mientras me pone el plato en frente.
Ceno solo, veo un poco de tele y rumbo a mi cuarto paso la puerta cerrada de la habitación de mi madre. Ya metido en la cama, las sábanas pegadas a la herida abierta de las rodillas, dejo la lámpara encendida hasta que llegue el sueño, clavo la mirada en el cielo raso sin ninguna sensación particular. Afuera el canto de los grillos crece en la noche. Igual que hoy.
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