lunes, marzo 03, 2008

ayer

Vamos a ir a la boda de unos amigos, un domingo del fin del verano, no una boda-boda, porque no habrá curas ni abogados, más bien un festejo, una reunión de amigos. Sin producción ni organización alguna, van a ir llegando a la hora que puedan, van a traer bocas, birras, vino, niños.

A las 11 am, con los primeros en llegar, se descorchará la botella inaugural (a lo largo del día el arco democrático del vino cubrirá desde Frontera hasta Torres pasando por Navarro Correas). A las 11 pm, ya en su casa, demasiado cerca del lunes, herido de gravedad por la bala lenta del alcohol, el último en haberse ido repasará, en diapositivas mentales, el primer domingo de marzo: el sol trazando su línea de 180 grados en cámara lenta; la multiplicación del pan y las reses; la montaña de zapatos revueltos en la entrada de la casa; la imagen de alguien, mitad del cuerpo dentro de la refri, buceando por cervezas; un guiso prodigioso preparado con ingredientes de una galaxia muy lejana; el recuerdo brumoso de los extensos y turbadores segundos en que sostuvo contacto visual con un perro; y el efecto dominó de la reproducción materializado en aquellas niñas que se bañan chingas en la piscina.

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