sábado, abril 16, 2011

maniobras orquestales en la oscuridad

El año pasado, Daniel Riera me pidió un prólogo para la reedición de Soundtrack, el libro de Felipe Granados (1976-2009). Este es el texto que ahora aparece con el gran poemario de Felipe publicado por el sello Antilibros. La primera edición, del 2005, estuvo a cargo de Perro Azul.


MANIOBRAS ORQUESTALES EN LA OSCURIDAD


Hubo un bar en la frontera ambigua de barrios tan disímiles como Lourdes y Freses, en la zona este de San José. El Blue Bar. De iluminación indirecta, de ventilación intrascendente, varias mesas en un salón de entrada que se iba estrechando hacia una barra-pasadizo que remataba en una pared de dardos flanqueada por el lugar más visitado del bar, el baño. Había un código secreto en la barra y, para decirlo tangencialmente, nadie que haya entrado a “el Blue” -como le llamábamos los asiduos-  pidió nunca el menú. (sigue aquí

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5 comentarios:

sOren vargAs dijo...

A Felipe lo conocí detrás de Bellas artes, en una feria de libros, con una camiseta de manga larga debajo de una de manga corta. Ahí le compré su libro, que casi inmediatamente pasó a manos de Jeymer para jamás verlo otra vez (a ambos). Honestamente, lo leí por encima un par de veces. Tenía algunos poemas muy buenos, pero ni ayer ni hoy me parece el gran poemario que se pregona en los semáforos virtuales.

Me explico. Felipe no era un genio, pero tampoco un desastre total. En fin, no era un siniestro de Concorde, pero seguimos hablando de él como si fuera las dos cosas, porque su vida en conjunto - con el libro incluido - tiene un pedacito de redención de cada uno. Felipe simplemente se dejaba ser asumiendo su destrucción generacional. Eso era fantástico. Era un romántico, pero no de habitación, como la mayoría.

El hecho que su poemario se llamara (todos queremos ser estrellas pop) Soundtrack, ya habla por muchos. Nosotros, criados en el universo de los medios, nos asumimos como nuestros propios héroes (Bowie) para aliviar un vacío frente a un cambio que no cambió nada, más que dispararnos como metáforas. Esa es nuestra gloria y nuestra degradación. Lo logramos, y fundimos el arte con la vida. Y nos fundimos.

¿Quién no pensó en llamar así a su colección de poemas? Somos fragmentos de antología, y esa es toda la poesía costarricense actual: una colección de grandes hits que nunca estuvieron en ningún álbum. Cuando él murió, yo también decidí abandonar ese mundo. Yo morí también, y como Frida, tampoco pienso regresar.

La grandeza de Felipe consistió en dejarse aniquilar por ese destino, en ser consecuente con su gravedad. Su vitalidad no tenía otro camino. Pero su muerte incomoda, oscurece e ilumina. Aterra y redime. Su legado no es una pieza fundamental de nuestra literatura sin él mismo. En ese sentido Soundtrack es la paradoja, el anti poemario hecho poemario, la honestidad, el eslabón, la integridad de la que beben los poetas.

Pero eso sólo se podía lograr desde Montreux.

tavo dijo...

Es lo mismo que dice este texto creo.

Alexánder Obando dijo...

Cuando Felipe me dio a leer el manuscrito tuve el desencanto que no me esperaba. El libro no me gustó. Se lo dije a Felipe, y lo tomó como valiente: se ahuevó pero eso en nada afectó nuestra amistad.

Sin embargo hubo una segunda y tercera lectura, después de las cuales concluí que el libro era mucho mejor de lo que había supuesto al principio. No sé qué pasó, pero cuando el libro finalemnte me llegó, me dio duro. Hoy lo tengo entre mis chunches más queridos.

tetrabrik dijo...

habría que poner una foto suya en el blue. no sé si existe todavía.

silvia dijo...

yo vivía a dos casas del bluebar. no fue premeditado, lo juro.

a mi me pasó lo mismo con el email. ahí lo tengo todavía y cuando escribo la "f" y gmail me sugiere a felipe me acuerdo y es cool.