domingo, marzo 03, 2013

loaded bicycle / literofilia


Subieron traducciones de unos poemas del libro Chan Marshall en la revista Loaded Bicycle, factura de Emily Toder.

Más traducciones.





Y mientras estuve fuera, se publicó en Literofilia el resultado de una conversación que tuve con Carla Pravisani en el #65 de ciudadela Zapote allá por el 2006 ó 2007 (con una pregunta reciente añadida al final).



También allí, una crítica de G. Hernández sobre el libro de Jorge Jiménez, Soy el enano de la mano larga-larga.


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5 comentarios:

Luis Yuré dijo...

Estimado don Luis,
Espero no le moleste mi flagrante carencia de etiqueta al compartir con usted, en su bitácora, un comentario que originalmente garabateé en la entrevista que le realizó C. Pravisani, publicada en Literofilia. Como dudo mucho que un mensaje tan largo supere el tamiz de una revista digital tan prestigiosa, me pareció que exponiéndolo aquí era la única manera de que le llegase. Lo relatado ocurrió un lunes 26 de enero de 2004, durante la noche en que casi logré estrecharle la mano. Ojalá no olvide borrar mis comentarios después de leerlos.
Saludos,
L. Yuré

Luis Yuré1 dijo...

Disminuí brevemente la velocidad al encender la radio, no fuera a sufrir un percance por algo tan trivial como cerciorarme de si funcionaba o no. Y justo en aquel momento, a las nueve de la noche, en medio de un trabajo delicadísimo, lo que menos quería era romper alguna ley de tránsito y terminar como esos asesinos en serie a quienes les pillan por brincarse una simple luz roja. Pero la verdad, es que me mataba la duda de si valdría la pena el sacrificio de arrancar una radio tan vieja a punta de destornillador para después no sacarle ningún provecho en el mercado negro. Hice girar la perilla y del panel de funciones una luz verde me estalló en la cara encegueciéndome, iluminando desmesuradamente cada rincón del coche. No fue necesario que verificara la aguja del dial para reconocer la voz del locutor. Aunque debo admitir me sorprendió que de todas la emisoras posibles de Montevideo esta radio vieja sintonizara precisamente la que en aquel entonces era mi favorita: El Espectador 810 am. Satisfecho, iba a apagarla cuando el presentador anunció que como primicia en el programa Planetario de esa noche entrevistaría a los escritores Fernanda Laguna y a Luis Chaves. Frené en seco. Me invadió la necesidad de ir de inmediato a la emisora. No obstante, en apenas cuarenta minutos iba a estar esperándome en una esquina de Barrio Borro mi contacto y en esa barriada marginal, a menos que el tipo llegase con una bazuca, no había forma de que saliera ileso si yo me dilataba. Decidí arriesgarlo todo y sumarle a mi horario una visita a radio El Espectador. Doblé a la derecha por la Avenida Italia, alejándome del Bulevar General Artigas, rumbo a mi apartamento en Nimes. Creo que dejé el coche encendido en media calle pues no quería tener que vérmelas otra vez con esa sopa de cables de colores, que tras robármelo, metí de vuelta con mucho cariño en la yugular del volante. Mientras subía las gradas me inquietó la posibilidad de que me lo hurtasen. Pensé en las probabilidades de que alguien se afanara un coche recién robado, “las mismas de los rayos en caer dos veces en el mismo sitio” me dije para tranquilizarme. Así de filosófica es mi mente, se calma con un par de frases hechas. A dos puertas de la mía, una vieja salió como si me estuviera esperando. Se quejó conmigo de su hija y de las malas influencias que sin duda la llevaban por la senda del vicio y de la vida alegre. Llena de lágrimas me confesó que hasta había encontrado un pepino dentro de un condón bajo la cama de la muchacha. Imagino que en este punto resulta importante añadir que desde que vivía en aquel edificio me disfrazaba de cura y ya que estoy de lengua larga, vale la pena señalar que el apartamento no era ni remotamente mío. En esos años un drogadicto que me debía dinero optó por pagármelo con información. Él trabajaba en la morgue y me telefoneaba cuando algún cadáver, generalmente el de un anciano, no era reclamado. Entonces yo me vestía de sacerdote y me la pasaba un tiempo, con mucho respeto por supuesto, en el apartamento del difunto, hasta que no había más enceres que vender y entonces me marchaba. Así que no me quedó otra que darle la bendición a la vieja, prometiéndole hablar con la muchacha del pepino jocoso al día siguiente.

Luis Yuré2 dijo...

Guardé el destornillador, después de entrar a mi sitio y en el baúl con mis pertenencias, la mayoría libros, me puse a revolverlo todo en busca de Historias Polaroid y Los animales que soñamos, de Luis Chaves. La obsesión, no hay eufemismo que suplante esta palabra, por los textos autografiados me asfixiaba. No creo mentir al señalar que esa noche mis dedos se hundían en la valija nadando entre unos cuatrocientos ejemplares, todos con dedicatoria. Desde Mujica a César Ayra; de Parra a Zurita, Lihn, Maqueira; pasando por los neuróticos de Ecuador, los ambivalentes bolivianos, los sicariescos de colombia hasta... sí, ahí estaban, los centroamericanos. Al lado de Jorge Arturo, Alí Víquez, Meritxell Serrano, Xavier Ilargi (Belcha) hallé los libros de Chaves. Al salir a la calle, aún pensando en el baúl, me pregunté qué había sido más difícil, más hermoso: si conseguir los autógrafos o robarme los libros de tantas librerías y bibliotecas públicas.
Como un gato rojo, ronroneante, el Dodge GTX argentino me esperaba intacto. Tiré los poemarios del escritor tico en el asiento del copiloto pero cuando iba a arrancar pasó corriendo por la vereda de enfrente Aldo Brignole alias “Sacacorchos”, un amigo de la familia, un buen chico, bastante honesto. Esto último lo puedo asegurar porque cuando la policía vino por mi madre, quien con una máquina para enchapar llenaba las botellas de whisky con licor adulterado y sellándolas, las vendía cómo nuevas, Sacacorchos se tiró por la ventana con todo el dinero del negocio y tras un tiempo prudencial, fue hasta la cárcel de mujeres a devolvérselo, transformándolo eso sí en bolsitas llenas de coca que son la única forma honesta de sobrevivir en nuestro sistema penitenciario. En fin, un pitazo bastó para que corriese hacia mí y entrase de un brinco por la ventana del auto. En la mano izquierda traía un fajo de billetes llenos de sangre y en la otra, una pistola de plástico. Acababa de asaltar una carnicería, me dijo. Al descubrir los libros le expliqué mi zozobra, en menos de quince minutos necesitaba llegar a Río Branco, a la altura de Paysandú, donde está Radio El Espectador; convencer, sin alarmarlo demasiado, a un poeta de Costa Rica para que me los autografiara y llegar antes de las diez al Borro en Casavalle. Apenas si hablamos durante el trayecto, engolosinados con las entrevistas de la radio, donde mencionaban la posibilidad de arrebatarle de los bolsillos a los mafiosos que controlan la industria editorial lo mejor de la literatura reciente latinoamericana, con proyectos como el de Eloísa la cartonera, que Fernanda Laguna había co-fundado. Creo recordar que para alivianarme la impaciencia que me produjo la lentitud de un vocho que llevaba amarrado al techo un frigorífico titánico, de esos que sirven para congelar mastodontes, Sacacorchos me preguntó si de guerrillero en Nicaragua yo alguna vez había ido a Costa Rica y si de verdad era un país tan idílico como señalaban en la tele. Miré el zigzagueo del vocho tortuga, el absurdo bagaje que lo aplastaba y no pude dejar de pensar en San José, su xenofobia, el odio a los homosexuales, la costumbre del choteo; o sea, en todos esos chancros culturales que por dicha ya no existen en ese país centroamericano. Sí, dije, Costa Rica es un espejismo. De repente, a unas cinco cuadras de la radio, terminó la entrevista y debido a un error técnico la transmisión quedó en blanco por unos segundos. Sacacorchos, mirándome con piedad murmuró que tal vez la entrevista siguiera y que quizá ese silencio hasta fuese una forma de poema, pues para él en la mudez, en eso que los poemas callan, allí está la utilidad de la poesía. Un tanto ruborizado por lo dicho se sacó un titánico puro de marihuana del calcetín y a la segunda chupada nos cagamos de la risa. Dos cuadras, una, saltar del coche, correr hacia la emisora levantándome la sotana como una bailarina folklórica, buscarle... nada: Luis Chaves ya se había marchado.

Luis Yuré3 y final dijo...

Supongo que lucía bastante afligido cuando volví al automóvil, pues a Sacacorchos le bastó una mirada de reojo para darse cuenta de mi infortunio. Extendiendo el brazo me puso la mano en el hombro, señalando que aunque lo sentía muchísimo, quizá haya sido una bendición de la existencia que no llegase a conocer a ese tal Chaves, ya que a la de menos nos hacíamos amigos y me influenciaba, arruinándome, torciéndome, sacándome del buen sendero, pues ya se sabe lo licenciosa que es la vida que llevan los poetas. Después se empastó la mano en el pecho y dijo algo más que no alcancé a oir, pues de repente, el tipo que traía amordazado en la cajuela, un ex-torturador de la época del golpe, volvió en sí y pidiendo auxilio, comenzó a aporrear el baúl del auto, como si deseara avisarme que íbamos a llegar tarde a aquel barrio marginal donde nos esperaba el hombre que le pondría fin a sus días, con verdadera justicia poética.

Luis Chaves dijo...

estimado L. Yuré, tengo casi todos sus libros. ya tendrá que firmarlos.

me trajo recuerdos de esa temporada montevideana.

salú