lunes, marzo 25, 2013

un ejército de narcicistas perezosos paranoides

La cultura a veces es la locura, y la locura a veces son los libros. Con esa pequeña sentencia en mente, el escritor G. A. Chaves hace un inventario de aquellos vicios que le irritan del medio literario nacional. ¿Tendrá redención —según él— un ejército de perezosos, narcisistas y paranoides?

Aquí el texto de Tavo.

Enjoy

 --

4 comentarios:

Luis Yuré dijo...

Don Luis: Dispense que vuelva a utilizar su bitácora para exponer mi opinión. Pero tal parece que soho.co.cr cuenta con un estricto cinturón de castidad que les impide a los lectores comentar los artículos y este blog es la única manera que hallé de hacerle llegar al crítico Gustavo A. Chaves el siguiente mensaje. Supongo que como me quedan apenas unas horas en San José, antes de seguir en libélula rumbo al sur, este es el día más propicio para quemar naves y puentes y hundirme una vez más entre la bruma; no sin previamente, ir a la presentación del libro de Julio Serrano, libar en algún bar de calle ocho una botella de Cacique y brindar a solas por su cordialidad.
Saludos,
L. Yuré.

Luis Yuré1 dijo...

Estimado don Gustavo:
Ojalá me permita ser el primero en darse por aludido. Aunque nunca me he considerado escritor, ni mucho menos poeta, tras gozar de su artículo me vi con claridad retorciéndome no en uno sino en varios círculos del infierno de Dante, reembolsándole al cosmos mis pecados literarios con la lengua hecha jirones, empalizado entre las brasas y los muñones juntos en señal de súplica, de inútil plegaria. Porque debo confesar que mi vanidad y mi pereza, rompen las amarras de esa tangente que usted trazó. A primera vista, las mías, debido a que carecen del colorido del ketchup, del parloteo del twitter o de la necesidad de abotagarse con nimiedades ajenas en ese sobre-compartir que es el facebook, no lucen todo lo enfermizas que en realidad son; pero bajo la lupa de su ensayo, pude apreciar la podredumbre de mi propia hibris: la obsesión por destruir los manuscritos que me devuelven las editoriales ticas sin siquiera abrir el sobre y extasiarme al saber que ahora nadie los leerá; o ese apremio de imprimir a pesar de ser consciente de la mediocridad propia, de saber que este texto engavetado durante veinte años no le importará a nadie y no habrá reseñas, ni mucho menos una sola mención accidental en los sitios de los “promohorrores” culturales, y aún así, imprimirlo a sabiendas de que ni copiar puedo, pues por más que los lea y relea y metarelea un solo verso de Luis Chaves, de David Cruz, de Meritxell Serrano, de Alfredo Trejos, de Esteban Ureña, de Mario León, de Alí Víquez, de L. A. Bedoya, de Silvia Piranesi, de Alexánder Obando, de Fran Robles, de Adriano Corrales, de Ana Istarú, de Osvaldo Sauma, de César Maurel, de Gustavo Solórzano; un solo verso, repito, es capaz de obnubilar toda mi obra, y qué decir de la gana apenas contenida de ir a las dos librerías donde exhiben mis libracos y comprármelos todos para luego mirarlos flotar entre la bilis tóxica de San José por los remolinos del río Tiribí.

Luis Yuré2 dijo...

Curiosamente, hace apenas diez días, sentado en una banca del pueblito marítimo donde me pudro, miraba estupefacto el sobre que me devolvió sin abrir una editorial de Costa Rica. La sorpresa que me hizo escudriñarlo con fascinación, como si se tratase de un fósil o un retrato que desconocíamos de cuando el abuelo era joven, fue descubrir en las esquinas un centenar de marcas de dientes que lo rasgaban permitiéndome leer frases enteras de su contenido. Una calcomanía exonerando al correo local decía “Daño de origen”. Desde el otro lado de la calle la chica encargada de un puesto de helados vino a sentarse a merendar en mi banca. Iba a darle el primer mordisco a su emparedado, cuando se detuvo con la boca en ristre y me preguntó sorprendidísima si era yo quien había mordido el sobre. Creo que lancé una mala broma al estilo de: bueno, hay gente que almuerza emparedados, yo como paquetes postales. Sin querer quitarle el apetito (ahora ella manipulaba el sobre entre las manos) sugerí que tal vez se tratase de mordidas de animal, quizá un mono rabioso. Pero la idea de un simio enfurecido en la oficina de correos de San José, atacando los paquetes no la convenció. “No, yo conozco Costa Rica”, aunque resultó ser danesa, hablaba con un horrible acento francés, “no hay monos en la capital, estas son mordidas de hombre”. Barajamos miles de posibilidades. La conversación continuó hasta la medianoche, cuando fue necesaria una botella de brandy, que ella extrajo de la heladería y una larga caminata por la playa para buscar un sitio donde calentarnos. Improvisé una fogata, ella se desnudó y danzando comenzó a avivar el fuego con las hojas de mi novela, esa que había durado tres años en escribir, esa de la que no existía otra copia... Iba a meter la mano entre las llamas pero la chica se me abalanzó mordiéndome la boca. Pensé en cuán mágico era dejar que algo tan intangible como la literatura se hiciera polvo, pensé que escribir, ese acto tan abominablemente absurdo y solitario, en mi vida no era más que una aberración egocéntrica, pensé, o quise pensar algo más, algo importante, pero de inmediato la chica me arrancó la camisa a dentelladas y entonces, me entregué a ella y la sentí arder, ígnea y temblorosa sobre mi pene como un fuego de san Telmo.
Yendo al grano, su artículo hizo que me formulase ese “algo importante” que la chica de la playa truncó. Tras leerlo solo pude reconocer que mis libros pertenecen al 90% de peso muerto literario que plaga el país y que efectivamente, además de vanidoso y perezoso, soy un adicto a publicar a mansalva. Por tal razón, me gustaría dar el ejemplo, y anunciar de manera pública mi retiro de la literatura en Costa Rica, lo cual no será nada difícil, pues así como nunca tuve críticos, tampoco gocé de lectores. Lo único que le recrimino a usted es que no publicase su diatriba unos años antes, pues en ese caso yo jamás hubiese impreso ningún libro y ahora no faltaría un árbol más en el mundo.
Saludos afectuosos,
L. Yuré.

P.D.:
“La meta es el olvido,
Yo he llegado antes”
J. L. Borges

“A veces pienso en poemas que he perdido,
Tal vez su pérdida fue lo que salvó al mundo”
Wole Soyinka

“Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como miembro a alguien como yo”
Groucho Marx

Luis Chaves dijo...

ya le avisee a tavo. buen viaje, yuré.